Érase una vez, en un pueblo del norte de una pequeña isla, una niña llamada Caperucita Naranja. Vivía con su padre, al que le encantaba preparar ricas tartas y todo tipo de mermeladas: de ciruela, de frambuesa, de melocotón…Cierto día, Caperucita vio cómo su padre empaquetaba unos tarros de mermelada de arándanos. Enseguida le vino a la cabeza una persona muy importante para ella: ¡su abuelita! Ella siempre le decía que esa mermelada de arándanos era especial, que, gracias a la pureza de su sabor, disfrutaba de ella como si se tratara siempre de una ocasión especial; era un verdadero regalo para sus sentidos. Pues bien, Caperucita pensó que sería una buena ocasión para hacerle una visita, así que cogió su caperuza naranja, metió los tarros de mermelada en la mochila, se montó en su bicicleta y empezó a pedalear.
Mientras se adentraba en el bosque, Caperucita admiraba la belleza que le rodeaba. Era de esos días con un cielo pintado de azul en los que podías oír el silbido del viento y las hojas parecían bailar a su ritmo. De la sensación tan agradable que sentía en ese momento, comenzó a cantar, ¡le fascinaba cantar!, siempre y cuando nadie la escuchara. Sólo cantaba cuando estaba sola, ya que la pobre desafinaba un poco. Y así, entre pedaleo y pedaleo, vio un frondoso campo de orquídeas, ¡sus preferidas! Dejó su bici apoyada en un árbol y empezó a meter las flores en su cesta. De repente, oyó un ruido…como si de pisadas se tratasen, y le pareció oír risas..jijiji…jijii…Rápidamente, se dio la vuelta, pero no había nadie, así que siguió recogiendo orquídeas. Esas risas venían del escuálido y travieso lobo que habitaba en ese bosque, quien ya conocía a Caperucita; la había visto otras veces yendo a casa de su abuelita. El lobo quería robarle la bicicleta, pues pensaba que robándosela, Caperucita optaría por coger el camino más corto y, así, encontrarse con ella. El lobo hizo un segundo intento, esta vez muy silenciosamente…y con tal mala pata que se tropezó con una piedra y cayó rodando hasta los pies de Caperucita. Del dolor tan intenso que sintió, se le escapó un aullido, ¡¡Ahuuu!! Caperucita lo vio y no pudo evitar reírse ¡ jajaja! El lobo, sonrojado, quiso que le tragara la tierra, pues… ¿como un lobo podía ser tan torpe?
Entonces Caperucita le preguntó al lobo si se encontraba bien y le ayudó a levantarse. El lobo, sorprendido de que caperucita reaccionara de esa manera en vez de salir corriendo, le preguntó: ¿No te doy miedo? Caperucita contestó: ¿miedo? ¿Por qué me ibas a dar miedo? ¿Por tus grandes dientes? Sabes una cosa lobito…siempre he querido acercarme a ti, pero te he visto tan solitario y tan a la defensiva, que no he sabido cómo hacerlo, ¿es que te gusta estar sólo? A mí me gusta la soledad, dijo Caperucita, pero no la soledad absoluta, me tomo tiempos de soledad, horas o días, y las disfruto pero sin dejar que me invada y comparto la vida con seres queridos que posiblemente les transmito también el aprendizaje de ese tiempo de vivir en soledad. El lobo, desconcertado, no sabía que decir, pensó que caperucita le estaba dando esa oportunidad que estaba buscando desde hace mucho tiempo: tener un amigo. El lobo le contestó a Caperucita, ¿sabes qué? No me gusta la soledad, aquí me ves sin apetito y escuchimizado. No sé ni cuantas veces me he acercado a otros niños, pero éstos se asustan y siempre acaban huyendo de mí, les doy miedo y es por esto por lo que he acabado aislándome en los rincones más oscuros del bosque.
Caperucita, conmovida, miró al lobo y con un gesto tierno se acercó y le dio un gran abrazo. Y así fue, como, caperucita y el lobo empezaron a verse todas las tardes en su pequeño bosque y disfrutar de todas las maravillas que aquel bosque les ofrecía.
Mientras se adentraba en el bosque, Caperucita admiraba la belleza que le rodeaba. Era de esos días con un cielo pintado de azul en los que podías oír el silbido del viento y las hojas parecían bailar a su ritmo. De la sensación tan agradable que sentía en ese momento, comenzó a cantar, ¡le fascinaba cantar!, siempre y cuando nadie la escuchara. Sólo cantaba cuando estaba sola, ya que la pobre desafinaba un poco. Y así, entre pedaleo y pedaleo, vio un frondoso campo de orquídeas, ¡sus preferidas! Dejó su bici apoyada en un árbol y empezó a meter las flores en su cesta. De repente, oyó un ruido…como si de pisadas se tratasen, y le pareció oír risas..jijiji…jijii…Rápidamente, se dio la vuelta, pero no había nadie, así que siguió recogiendo orquídeas. Esas risas venían del escuálido y travieso lobo que habitaba en ese bosque, quien ya conocía a Caperucita; la había visto otras veces yendo a casa de su abuelita. El lobo quería robarle la bicicleta, pues pensaba que robándosela, Caperucita optaría por coger el camino más corto y, así, encontrarse con ella. El lobo hizo un segundo intento, esta vez muy silenciosamente…y con tal mala pata que se tropezó con una piedra y cayó rodando hasta los pies de Caperucita. Del dolor tan intenso que sintió, se le escapó un aullido, ¡¡Ahuuu!! Caperucita lo vio y no pudo evitar reírse ¡ jajaja! El lobo, sonrojado, quiso que le tragara la tierra, pues… ¿como un lobo podía ser tan torpe?
Entonces Caperucita le preguntó al lobo si se encontraba bien y le ayudó a levantarse. El lobo, sorprendido de que caperucita reaccionara de esa manera en vez de salir corriendo, le preguntó: ¿No te doy miedo? Caperucita contestó: ¿miedo? ¿Por qué me ibas a dar miedo? ¿Por tus grandes dientes? Sabes una cosa lobito…siempre he querido acercarme a ti, pero te he visto tan solitario y tan a la defensiva, que no he sabido cómo hacerlo, ¿es que te gusta estar sólo? A mí me gusta la soledad, dijo Caperucita, pero no la soledad absoluta, me tomo tiempos de soledad, horas o días, y las disfruto pero sin dejar que me invada y comparto la vida con seres queridos que posiblemente les transmito también el aprendizaje de ese tiempo de vivir en soledad. El lobo, desconcertado, no sabía que decir, pensó que caperucita le estaba dando esa oportunidad que estaba buscando desde hace mucho tiempo: tener un amigo. El lobo le contestó a Caperucita, ¿sabes qué? No me gusta la soledad, aquí me ves sin apetito y escuchimizado. No sé ni cuantas veces me he acercado a otros niños, pero éstos se asustan y siempre acaban huyendo de mí, les doy miedo y es por esto por lo que he acabado aislándome en los rincones más oscuros del bosque.
Caperucita, conmovida, miró al lobo y con un gesto tierno se acercó y le dio un gran abrazo. Y así fue, como, caperucita y el lobo empezaron a verse todas las tardes en su pequeño bosque y disfrutar de todas las maravillas que aquel bosque les ofrecía.


5 comentarios:
Mi pequeña naranja, que poco ha tardado en empezar a volar
A partir de ahora el naranja será el color de la amistad
Me ha encantado, preciosa. A partir de ahora no habrá ni caperucita ni lobo solitario, sólo color naranja...
Hola! Soy Mujercita me ha encantdo el cuento me doy la bienvenida a mí misma a tú cuento llena de imaginaciones.
Por lo que veo, Caperucita Naranja, usted es más piadosa que yo y ha visto en el lobo cualidades ocultas a mis ojos, La felicito!!!
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