14/10/08

CAPERUCITA ROSA, un cuento sobre la felicidad

Hay personas que pasan por la vida haciendo el bien. Otras tardan, o mejor dicho, tardamos muchos años en pensar en la felicidad de los demás, pero, nunca es tarde…
Disculpen que no me haya presentado, soy la señora… bueno, Caperucita. Sí, sí, la del cuento. Pero ya no soy una niña sino una anciana y he sustituido el rojo por una caperucita rosa mucho más discreta y acorde con mis mejillas sonrosadas y un tanto arrugaditas. Tengo que decir que la vida, aparte de años y alguna arruga, te da sobre todo madurez y experiencia. Aprendes a valorar lo realmente importante, a disfrutar de todas las cosas maravillosas que tenemos y a compartir nuestra dicha con los demás.
Un día se me ocurrió pasar manos a la obra y formar un grupo solidario. En primer lugar llamé a unas cuantas conocidas que tienen mucho tirón mediático: Cenicienta, Blancanieves, La Bella Durmiente… Les suenan, ¿verdad? Esas chicas que están siempre monísimas y estupendas. Ellas ya eran unas mocitas cuando yo todavía era una niña. Les digo un secreto: están operadas. Yo no sé que les ha dado últimamente a las princesas por operarse. Total, que me contestan que ellas no trabajan de forma altruista, sólo para un tal Disney que encima está muerto.
Dada esta sorprendente negativa decidí apostar sobre seguro y acudir a unos seres muy nobles y que no suelen decepcionar. Han acertado: los animales. Llamé a mi viejo amigo el lobo. Sí, el lobo del cuento. ¿Qué? ¿Que no se lo creen? Les diré que nos hemos convertido en muy buenos amigos. Cuando sucedió todo aquello que ustedes saben era un lobito adolescente, inmaduro y muy influenciado por sus colegas. Es decir, que si no era un lobo feroz era un papa frita. Tiempo después él se disculpó, y mi perdón fue el principio de una gran amistad. A lo que íbamos, tal y como pensaba, al lobo le encantó la idea de participar en mi proyecto solidario, y no sólo eso, convenció a muchos amigos para que colaboraran a repartir alimento, abrigo, compañía y alegría.
La leche de las vaquitas y la lana de las ovejitas solidarias están haciendo que muchas personas dejen de pasar hambre y frío. El transporte y el reparto es realizado por amables burritos. Los perritos solidarios ofrecen su cariño y compañía a ancianos a los que les invade la nostalgia y la soledad. El lobo y yo, caperucita rosa, vamos por los hospitales contando historias divertidas y cuentos (ya saben cuál es nuestro preferido…) para entretener y alegrar a las personas que han perdido las esperanzas y las ganas de reír.
No hemos arreglado el mundo pero estamos aportando nuestro granito de arena. El agradecimiento de una persona necesitada, la mirada cálida y serena de un anciano o la sonrisa de un niño enfermo nos aporta una satisfacción inmensa y nos da alas para seguir.
Yo he tardado muchos años en darme cuenta, espero que la gente joven que lea este cuento aprenda que la mayor felicidad es hacer felices a los demás.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Caperucita rosa!!! Encantada de recibirla, el cuento es para llorar lágrimas de su color. Pero qué lindo... Tan dulce como tú,
Muaks!

luna dijo...

Ya me extrañaba a mí que nadie viera la vida de color rosa. Envidio su perpectiva de la vida, Caperucita Rosa, y espero que nos contagie esa felicidad y dulzura al resto de Caperucitas. Una historia muy dulce!!

Scherezade dijo...

¿Has probado el algodón de azúcar? Ése que es rosa... Tú debes saber a eso

Pepitapulgarcita dijo...

"Pinkie", no paro de preguntarme por qué no llegaste antes a mi vida y te quedabas rezagada a lo lejos, como dice Azul, en el horizonte...

despertartardío dijo...

Tu cuento me emociona, rosa. Personas como tú convierten este mundo en algo mejor. Muakss

Anónimo dijo...

Un cuento maravilloso! Ternura, humor, solidaridad... no le falta de nada. Creo que todos deberíamos ser un poco caperucitas rosas y construir un mundo mejor.

Muchas gracias compartiendo un sueño.