26/12/08

El lacertón y cómo se convirtió en lágrimas el hielo de los mares

Los dos amigos querían contarse historias y el más joven propuso que comenzara a narrar su viejo amigo. Así que la madre de Nabil empezó a relatar su historia.
“ Hace miles de años, un rey árabe llamado Kadar (nombre que significa poderoso en árabe), organizó en su palacio un baile, al que estaban invitadas todas las jóvenes casaderas de Jordania, país del que era dueño y señor. Kadar siempre había destacado por ser un joven apuesto, inteligente e inmensamente rico. Sus ansias de poder eran conocidas en toda Arabia y temidas por su pueblo y por los reyes de los países colindantes. Kadar no se detenía ante nada y todo lo que deseaba lo conseguía. Era muy aficionado a visitar a las hechiceras del lugar, en particular a una, Karima. Ésta procedía de una familia de brujos muy respetados, que habían realizado todo tipo de conjuros para los reyes jordanos.
Karima gozaba del beneplácito del rey Kadar, ya que era de las pocas brujas que no conocía límites en sus encantamientos, siempre y cuando fuera bien recompensada.
Comenzó el baile y un desfile de bellas jóvenes ocuparon el salón real. Kadar las miraba fijamente sin perder detalle, cada movimiento, cada mirada, cada parte de sus cuerpos era grabada en la retina del joven rey. Todas ansiaban ser la futura reina de Jordania, por lo que no escatimaban en coqueteos y en algún que otro soborno.
De pronto la mirada de Kadar se clavó en una joven de piel tersa y morena cuyos cabellos eran como la oscura noche del desierto. La joven se mostraba tímida e incómoda en aquel lugar. El rey la mandó llamar con premura y la llevó a un lugar apartado.
- Los dioses te han bendecido, serás la futura reina de Jordania- dijo Kadar con tono altanero. Mandaré llamar a tus padres para que se les dé la dote correspondiente y comenzaremos a preparar la boda, que tendrá lugar en unos días.
Rania (así se llamaba la joven) no había podido pronunciar palabra. ¿Reina de Jordania? ¿Boda? ¿En unos días? La oscuridad de la noche parecía haberse resquebrajado sobre ella. A diferencia del resto de jóvenes jordanas, nunca había deseado ser reina. Por qué ella, se preguntaba.
Y las lágrimas no tardaron en fluir de sus ojos, y se convirtieron en cascadas incesantes durante días. Sabía que ante la elección del rey no había nada que hacer. Su familia estaba feliz y orgullosa, pero nadie pensaba en lo desdichada que iba a ser al casarse con un hombre al que no amaba. Y dicho pensamiento se cumplió. Kadar y Rania se casaron en un festejo digno de Las Mil y Una Noches, pero la joven nunca amó a Kadar. Este rechazo provocó la ira del joven rey, que mandó llamar a Karima.
La astuta bruja, sugirió al rey un cruel encantamiento:
- Si la joven Rania ha tenido la desfachatez de negar su amor al mismísimo rey de Jordania, creo que es justo, que se le niegue ese don. Será confinada a un palacio de hielo en medio del mar, y su corazón se congelará. Todo hombre que navegue por sus aguas será llevado a su palacio y la frialdad de Rania, acabará matándolos. Sólo aquél que le entregue su tesoro más preciado, conseguirá salvarse.
Kadar sonrió con malicia y ordenó realizar el conjuro esa misma noche.
La madre de Nabil, hizo una pausa para beber un poco de cacao.
- Si usted me lo permite viejo amigo, proseguiré ahora con mi historia- dijo Nabil, y se acomodó para iniciar su relato.

Habían pasado unas horas desde la desaparición de Alí bajo las gélidas aguas y el monstruo había se había esfumado como por arte de magia. Los marineros que viajaban en el barco de Alí estaban aterrorizados, iban a morir congelados en aquel lugar. Pero había uno de ellos, que era el ojito derecho de Alí, no sé si del ojo azul o del negro. La cuestión es que este muchacho había aprendido mucho al lado de su patrón y decidió ir en busca de éste.
El resto de la tripulación intentó impedírselo, pero el joven bajó del barco y se adentró en las aguas de la misma forma que Alí lo hiciera horas antes. Anduvo un buen rato hasta llegar al palacio de hielo y al acercarse a sus puertas un gélido viento lo elevó y lo llevó hasta los pies de la reina.
- Qué osado eres muchacho- dijo Rania desprendiendo un frío vaho de su boca de cristal.
- Vengo en busca de Alí y no me iré hasta encontrarlo- contestó el joven marinero.
- Llevo años condenada a estar en este lugar, y nunca jamás ha salido un hombre vivo de aquí. ¿Por qué ahora iba a ser diferente?

El muchacho pensó que de algo le debían servir las dotes de comerciante que había aprendido de su patrón y no dudó en negociar con la reina.

- Puedo ofrecerle las mejores telas de seda de Arabia, los inciensos más refinados e incluso piedras preciosas. Eso sí, a cambio de la vida de Alí.
Rania soltó una carcajada que hizo que las paredes del palacio temblaran.

- Lo siento mucho, pero como comprenderás nada de lo que me ofreces me puede servir de algo en este palacio. Busco compañía y eso sólo me lo puede ofrecer un hombre, aunque al final acaben muriendo.
- Le daré lo que me pida, sólo dígamelo y se lo traeré.
La reina se quedó pensativa y finalmente dijo:
- Alí me ha contado que eres el mejor narrador de historias de Arabia, que tu voz deleita a cuántos tienen el placer de oírla. ¿Es eso cierto?
- Sí señora, así es.
- Ya sé lo que quiero. Quiero tu voz a cambio de la vida de Alí. Así estaré acompañada de tus historias en todo momento y no me sentiré tan sola.
El muchacho se quedó paralizado. Su voz era su tesoro más preciado y no estaba seguro de querer perderla por mucho que apreciara a su patrón. Pero tras meditar largo rato, aceptó la oferta de la reina.
Rania liberó a Alí, y éste y su fiel marinero volvieron a casa junto al resto de tripulantes. El muchacho no volvió a contar historias ni a hablar jamás.
Nabil, tomó un sorbo de cacao y cerró los ojos lentamente, sumiéndose en un profundo sueño. Su madre lo miró preocupada, no sabía por qué, pero tenía la sensación de que el joven marinero que había salvado a Alí, era su hijo Nabil.
Y a partir de ese día, Nabil no volvió a hablar por lo que no llegó a ser narrador.¿ Te ha gustado la historia?- dijo Sadik a Mala.
Mala estaba absorta en sus pensamientos. Aquella historia de amor, de maleficios y de lealtad, le había hecho pensar en su relación con Sadik. Ella lo amaba con locura, pero sabía que nunca iban a poder disfrutar de ese amor en libertad, y eso era como confinar su historia de amor a aquella cabaña.
Se despidió de Sadik con un dulce beso, sin mediar palabra. A partir de ese día no volvieron a verse.

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