Volvía meditabundo de la escuela, y de esto hace más años de los que me gustaría. Recuerdo una vaga sensación de preocupación, algo me inquietaba. Probablemente fuera uno de esos problemas que a los hombres y mujeres de una determinada edad les parecen nimios y superfluos, como si la condición de persona pequeña estuviera exenta de molestias existenciales y de caminos enrevesados capaces de quitar horas de sueño. Sí, seguramente fuera este el caso, pues la realidad es que no recuerdo ni vagamente los motivos que perturbaban mi camino a casa.
El caso es que me encontré a mi abuela con la vieja tabla de planchar y lo que me pareció una enorme cantidad de prendas arrugadas y destartaladas. Siempre me reconfortaba ver a mi abuela, tenía un efecto sedante y tranquilizador en mis turbados pensamientos, pero esa tarde sucedió algo que lo cambió todo. Mi madre parecía preocupada por la escena y, suavemente, de una manera casi imperceptible salvo para mis entendidos sentidos en estos asuntos, regañó a mi abuela.
-No debes hacer esto, mejor descansa que ya lo haré yo luego –le dijo.
Pero mi abuela, con una sonrisa, le contestó –¡Esto lo hago yo volando!
¿Volando? –me sorprendí.
Parece que mi madre no se percató, pues con otra sonrisa se dio la vuelta y se marchó, pero yo no podía parar de pensar, de imaginar, de soñar…. Mi abuela podía volar.
En un primer momento desarrollé la teoría de que usara la plancha como medio motor para planear, pero la verdad es que no me atreví a preguntar.
Los siguientes días fueron días de hipótesis y fantasía. Si puede volar, ¿cómo es que no la ve nadie? ¿Me podría llevar con ella? ¿Haría mucho frío? Ella no se abrigaba mucho así que esa fue fácil de contestar.
Desde entonces nunca dudé de su capacidad pero, por alguna extraña razón, no me atrevía a preguntar. La espiaba siempre que planchaba y no la vi nunca despegar ni un centímetro los pies del suelo, sin embargo, reitero, nunca dudé de su don.
Una tarde me pidió que le acercara un pantalón y reuní todo el valor que pude, que no era poco aunque a mí me lo parecía.
-Abuela, ¿me podrías llevar contigo?
Y, ella, sin apartar la vista de la plancha dijo – ¿a volar?
¿Cómo lo sabía? ¿Cómo se dio cuenta de que me refería a eso? Daba igual, había superado mis miedos y no iba a permitir quedarme como un pasmarote ante su pregunta. –Sí, abuela. ¿Cómo lo haces?
- No lo sé –dijo- Nunca me ha importado el cómo, es mucho mas importante el porqué y ese porqué es un secreto. Eso sí, siempre que puedo vuelo, menos de lo que me gustaría, pues debo volver aunque no me apetezca. Y debes saber otra cosa, antes de poder volar tienes que estar preparado.
Pasé un par de años, quizás tres, siguiendo los dictados de mi abuela para poder volar. Reconozco que, durante el primer año, mi ansiedad era muy grande, hasta hubo momentos de gran frustración y es que, en todo ese tiempo, nunca me enseñó a utilizar la plancha, ¿y cómo podría volar sin una plancha?
Básicamente, el entrenamiento consistía en leer, leer muchos y variados libros estratégicamente seleccionados por ella.
- Estos te enseñaran a despegar –dijo-, Onetti, Cortázar, Márquez, Benedetti, Allende…
-Y estos a planear, Kerouac, Bukowski, Auster, Gisberg…–sentenció.
Según me explicó, debía seguir descubriendo miles y miles de autores que me harían volar cada vez más alto cuando llegara el momento adecuado.
Al principio me costaba bastante, pero reconozco que poco a poco se fueron haciendo conmigo, me atraparon, y ya no pude parar.
Otra parte del entrenamiento se basó en una cuidada y mimada elección de películas, muchas, la mayoría, en blanco y negro y todas, como ocurriera con los libros, me parecieron horrorosas en un principio y me cautivaron hasta la extenuación en un final.
Un día, pasado los años, mi abuela estaba en la cama. En casa había más gente de la necesaria, personas que formaban corrillos llenos de susurros y largos silencios. ¿Acaso se habían dado cuenta del secreto de mi abuela? Corrí y subí lo que me parecieron interminables hileras de escalones que entorpecían mi llegada a la habitación. Abrí lentamente la puerta de su cuarto y allí estaba, tendida en la cama. Recuerdo sus cabellos de plata sueltos, creo que era la primera vez que la contemplaba así, una larga y tupida cabellera blanca como el marfil y brillante como luz de luna. Tenía los ojos entreabiertos y mirando de reojo me sonrió.
- Cariño, voy a volar, voy a volar lo más alto y lejos que he volado nunca –dijo casi en voz baja.
Eso me desconcertó.
- Abuela, ¿puedo ir contigo? –le dije- He entrenado mucho.
- Lo sé, cariño, pero este vuelo no tiene retorno, este vuelo es el mejor de todos. Toda la vida volé con quien me enseñó, toda la vida volé con él. Me preparó, igual que yo a ti, me abrió los ojos y los sentidos a un mundo nuevo que me dejó compartir durante el resto de su vida. Y tú, ahora, sólo tienes que encontrar a alguien, alguien especial que desee volar tanto como nosotros porque, y esto no lo olvides nunca, siempre se vuela mejor acompañado.
Pero abuela –repliqué- tú vas a volar sola.
- No, pequeño –dijo- hoy voy a volar libre, a volar alto. Hoy volveré a volar con él.
Hubo algo en esa frase, una alquimia de melancolía, ansiedad, alegría y reposo que me hizo callar. Me acerqué y la besé en la mejilla.
- Gracias, abuela, por enseñarme a volar…
Para Patricia F. mil besos de mariposa.
Michel P.
El caso es que me encontré a mi abuela con la vieja tabla de planchar y lo que me pareció una enorme cantidad de prendas arrugadas y destartaladas. Siempre me reconfortaba ver a mi abuela, tenía un efecto sedante y tranquilizador en mis turbados pensamientos, pero esa tarde sucedió algo que lo cambió todo. Mi madre parecía preocupada por la escena y, suavemente, de una manera casi imperceptible salvo para mis entendidos sentidos en estos asuntos, regañó a mi abuela.
-No debes hacer esto, mejor descansa que ya lo haré yo luego –le dijo.
Pero mi abuela, con una sonrisa, le contestó –¡Esto lo hago yo volando!
¿Volando? –me sorprendí.
Parece que mi madre no se percató, pues con otra sonrisa se dio la vuelta y se marchó, pero yo no podía parar de pensar, de imaginar, de soñar…. Mi abuela podía volar.
En un primer momento desarrollé la teoría de que usara la plancha como medio motor para planear, pero la verdad es que no me atreví a preguntar.
Los siguientes días fueron días de hipótesis y fantasía. Si puede volar, ¿cómo es que no la ve nadie? ¿Me podría llevar con ella? ¿Haría mucho frío? Ella no se abrigaba mucho así que esa fue fácil de contestar.
Desde entonces nunca dudé de su capacidad pero, por alguna extraña razón, no me atrevía a preguntar. La espiaba siempre que planchaba y no la vi nunca despegar ni un centímetro los pies del suelo, sin embargo, reitero, nunca dudé de su don.
Una tarde me pidió que le acercara un pantalón y reuní todo el valor que pude, que no era poco aunque a mí me lo parecía.
-Abuela, ¿me podrías llevar contigo?
Y, ella, sin apartar la vista de la plancha dijo – ¿a volar?
¿Cómo lo sabía? ¿Cómo se dio cuenta de que me refería a eso? Daba igual, había superado mis miedos y no iba a permitir quedarme como un pasmarote ante su pregunta. –Sí, abuela. ¿Cómo lo haces?
- No lo sé –dijo- Nunca me ha importado el cómo, es mucho mas importante el porqué y ese porqué es un secreto. Eso sí, siempre que puedo vuelo, menos de lo que me gustaría, pues debo volver aunque no me apetezca. Y debes saber otra cosa, antes de poder volar tienes que estar preparado.
Pasé un par de años, quizás tres, siguiendo los dictados de mi abuela para poder volar. Reconozco que, durante el primer año, mi ansiedad era muy grande, hasta hubo momentos de gran frustración y es que, en todo ese tiempo, nunca me enseñó a utilizar la plancha, ¿y cómo podría volar sin una plancha?
Básicamente, el entrenamiento consistía en leer, leer muchos y variados libros estratégicamente seleccionados por ella.
- Estos te enseñaran a despegar –dijo-, Onetti, Cortázar, Márquez, Benedetti, Allende…
-Y estos a planear, Kerouac, Bukowski, Auster, Gisberg…–sentenció.
Según me explicó, debía seguir descubriendo miles y miles de autores que me harían volar cada vez más alto cuando llegara el momento adecuado.
Al principio me costaba bastante, pero reconozco que poco a poco se fueron haciendo conmigo, me atraparon, y ya no pude parar.
Otra parte del entrenamiento se basó en una cuidada y mimada elección de películas, muchas, la mayoría, en blanco y negro y todas, como ocurriera con los libros, me parecieron horrorosas en un principio y me cautivaron hasta la extenuación en un final.
Un día, pasado los años, mi abuela estaba en la cama. En casa había más gente de la necesaria, personas que formaban corrillos llenos de susurros y largos silencios. ¿Acaso se habían dado cuenta del secreto de mi abuela? Corrí y subí lo que me parecieron interminables hileras de escalones que entorpecían mi llegada a la habitación. Abrí lentamente la puerta de su cuarto y allí estaba, tendida en la cama. Recuerdo sus cabellos de plata sueltos, creo que era la primera vez que la contemplaba así, una larga y tupida cabellera blanca como el marfil y brillante como luz de luna. Tenía los ojos entreabiertos y mirando de reojo me sonrió.
- Cariño, voy a volar, voy a volar lo más alto y lejos que he volado nunca –dijo casi en voz baja.
Eso me desconcertó.
- Abuela, ¿puedo ir contigo? –le dije- He entrenado mucho.
- Lo sé, cariño, pero este vuelo no tiene retorno, este vuelo es el mejor de todos. Toda la vida volé con quien me enseñó, toda la vida volé con él. Me preparó, igual que yo a ti, me abrió los ojos y los sentidos a un mundo nuevo que me dejó compartir durante el resto de su vida. Y tú, ahora, sólo tienes que encontrar a alguien, alguien especial que desee volar tanto como nosotros porque, y esto no lo olvides nunca, siempre se vuela mejor acompañado.
Pero abuela –repliqué- tú vas a volar sola.
- No, pequeño –dijo- hoy voy a volar libre, a volar alto. Hoy volveré a volar con él.
Hubo algo en esa frase, una alquimia de melancolía, ansiedad, alegría y reposo que me hizo callar. Me acerqué y la besé en la mejilla.
- Gracias, abuela, por enseñarme a volar…
Para Patricia F. mil besos de mariposa.
Michel P.


2 comentarios:
Precioso. Espero recibir lecciones también yo...
Me apunto, espero que Michel no cobre caro...
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